Este 14 de diciembre se celebra el X Encuentro de Jóvenes Investigadoras e Investigadores del Estado de Querétaro, en el que se expondrán los trabajos ganadores. En su edición anterior, y con un artículo sobre los micromachismos encarnados en la cotidianidad universitaria en el que propone al teatro como una herramienta para exponerlos e irlos eliminando, Karla Paola Díaz Guerrero obtuvo el primer lugar —a nivel licenciatura— en el bloque “Ciencias Sociales y Humanidades”. Tintas Naturales platica con ella.

Karla Paola Díaz Guerrero. (Foto: Victoria L. Luna)

Por Juan José Flores Nava / FCN-UAQ
Diciembre 2022

Están encarnados. Aparecen en el día a día. Son imperceptibles. Pero hacen mucho daño. Los micromachismos son acciones sutiles que expresan y perpetúan el dominio masculino en las interacciones cotidianas. Son comportamientos aprendidos como parte de lo que significa “ser hombre” de acuerdo con los roles tradicionales impuestos por la sociedad. Ni siquiera las universidades están a salvo de los micromachismos, por más que se las considere catedrales en las que debe imperar, como en ningún otro lado, la razón, el saber y la orientación positiva de las emociones.

Por eso mismo Karla Paola Díaz Guerrero decidió estudiar los micromachismos y escribir un artículo, con el cual, por cierto, obtuvo el primer lugar en el IX Encuentro de Jóvenes Investigadores del Estado de Querétaro, en la categoría de licenciatura del bloque “Ciencias Sociales y Humanidades”. Su artículo, que apareció publicado hace un par de meses en la edición especial de Nthe, la revista electrónica de difusión científica, tecnológica y de innovación del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Querétaro, lleva el título de “Los micromachismos encarnados en la cotidianidad universitaria”. En su trabajo, Karla Paola muestra un panorama de la forma en que se manifiestan estas expresiones de violencia poco perceptibles pero que, no obstantes, regulan muchas veces las relaciones interpersonales.

El estudio intenta asimismo sensibilizar sobre los efectos psicológicos y sociales que tienen los micromachismos, y rastrea posibles alternativas de convivencia a partir de la reflexión y la exploración corporal y artística, basadas en el teatro del oprimido de Augusto Boal y el biodrama. Con ello busca que haya una transformación de las prácticas cotidianas para propiciar lo que denomina “una emancipación”.

Una verdad que se instaura en nuestros cuerpos

Karla Paola habla en su trabajo de micromachismos encarnados. ¿No es ésta, acaso, una expresión exagerada? ¿Encarnados? Ella dice que no: “Los micromachismos ―escribe― se encuentran en nuestra manera de pensar y en el lenguaje con el que nos expresamos, en cómo vivimos nuestras emociones y en nuestras subjetividades, en nuestras decisiones y en las acciones con las que tomamos un determinado lugar en la sociedad: los encarnamos”.

El término “micromachismo” fue propuesto por el psiquiatra y psicoterapeuta Luis Bonino Méndez, quien, en su página web se describe como “experto en las problemáticas de la condición masculina”. Aunque muchas veces los micromachismos no se ejercen de manera consciente o con mala voluntad, se convierten en un cúmulo de acciones cuyo fin, de manera intencional o no, es perpetuar el orden establecido. La Coordinación de Igualdad de Género de la UNAM ofrece algunos ejemplos. En inglés, claro, en el entendido de que son globales:

El manterrupting: la interrupción constante del discurso por parte de un hombre a una mujer. El bropiating: el apropiarse y llevarse el crédito por una idea generada por una mujer. El gaslighting: el patrón de abuso emocional en el que la víctima es manipulada para que llegue a dudar de su propia percepción, juicio o memoria. El mansplaning: la tendencia y acción de los hombres a explicar cosas a las mujeres de manera paternalista y condescendiente, incluso si aquello de lo que se habla es un tema que la mujer domina más que el varón. El manspreading: la tendencia, por parte de hombres, a ocupar más espacio de lo necesario en los asientos del transporte o sitios públicos a fuerza de abrir o estirar demasiado sus piernas.

Como los micromachismos son aprendidos desde la niñez y se transmiten de generación en generación, son naturalizados por la sociedad, como dice el Consejo Nacional de Población en un documento. ¿Quién no ha escuchado, sin inmutarse, las siguientes expresiones? “Yo ayudo a mi esposa con el quehacer de la casa”; “Hija, calienta las tortillas para tu hermano”; “Las niñas juegan con sus muñecas dentro de la casa y los niños salen a jugar con sus bicicletas”; “Bonita como la mamá e inteligente como el papá”.

―Hablo de micromachismos encarnados porque, al final de cuentas, les prestamos nuestro cuerpo para que se expresen ―dice Karla Paola Díaz Guerrero en entrevista con Tintas Naturales―. Revivo mi historia de vida y veo que, aunque en mi casa intentaron darme una educación más libre, fue inevitable que en algún momento de mi infancia tuviera muñecas y aprendiera a jugar con ellas, a cuidarlas, a mantenerlas limpias, a peinarlas. Fui llenándome de estas ideas para encajar en mi contexto escolar (con mis amigas) o familiar (con mis primas). Los micromachismos funcionan como una verdad que se instauró en nuestros cuerpos.


“Así es él y así lo quiero”

Detenerse a observar dinámicas de la vida cotidiana muy próximas a ella llevó a Karla Paola a sacar hebra para desarrollar el tema de su artículo. Así que, como psicóloga social egresada de la Facultad de Psicología de la UAQ y actriz de teatro desde que era una niña, decidió explorar situaciones que ella misma había experimentado. Por ejemplo, el noviazgo.

―No quiero ventanear a nadie ―dice― pero ahí están los celos tóxicos y la idea de que una persona nos pertenece. En una ocasión, alguien me dijo: “No sé si voy a poder estar contigo porque como haces teatro es muy probable que un día tengas que besar a otro y eso no lo voy a poder soportar”. Cosas como ésta fueron las que me hicieron huir de ese lugar. Sabía que algo estaba mal, y por eso terminé con la relación, pero nunca lo cuestioné más allá. Sólo cuando empecé a trabajar con el tema de los micromachismos fui cuestionando poco a poco todo lo que no me gustaba de mí o de mis relaciones con otras personas.

Aunque Karla Paola pudo percibir estos cuestionamientos como algo bueno, también empezó a culparse a sí misma por haberlos permitido, por dejar que simplemente sucedieran asumiendo que así son las cosas o que ella es quien debía cambiar.

―Otras experiencias, no sólo mías sino también de mis amigas, me permitieron darme cuenta de que las relaciones no tenían por qué ser así ―dice―: ser maternales con el novio, cuidarlo, procurarlo o aguantarle cosas diciendo “así es él y así lo quiero”. Nos hacen creer que esto es el cariño y que por lo tanto las relaciones se viven de esta manera. Pero no. En las relaciones de noviazgo hombres y mujeres enfrentamos realidades muy distintas. Para empezar porque a nosotras nos hacen darle una importancia muy grande en nuestra historia de vida a este tipo de experiencias. Vivimos través de ellas.

Uno de los ejercicios que Karla Paola propuso a estudiantes de universidad que participaron en su investigación ―la mayoría mujeres, por cierto― fue la creación de personajes ejercientes de micromachismos. Eso les permitió descubrir, entre otras cosas, alternativas de convivencia. Asimismo, trasladar a escena situaciones micromachistas les dio la posibilidad de liberar tensiones, cuestionar prácticas cotidianas, reflexionar y alzar más la voz en situaciones donde no siempre se atrevían y considerar los sentimientos sin dejar que estos dominen o cieguen la mirada. Por ejemplo, salió a relucir que para los hombres era más sencillo reconocer sus errores y reírse de ellos, mientras que para las mujeres estos mismos errores implicaban sensaciones como las de “haberse fallado a sí mismas” o “sentirse tontas”.


Karla Paola Díaz Guerrero en la obra Los niños de Morelia. (Foto: Alberto Huizache)

Una deconstrucción amena y tranquila

¿Qué hacer, entonces, para volver visibles los micromachismos y, de este modo, eliminarlos? No es tarea sencilla, reconoce Karla Paola Díaz Guerrero: “Justo es algo que no se puede cambiar de un día para otro. Aunque escribí un trabajo al respecto, aún me cacho teniendo actitudes o pensamientos que me pregunto de dónde salieron. ¿No se supone que yo me vivo cuestionando estas cosas?”.

La estrategia tampoco parece marchar bien cuando hay una insistencia abrumadora: “Cuestionar el estado actual de las cosas no deja de ser difícil porque solemos huir de la incomodidad. Y el cambio siempre genera molestia, incomodidad, sobre todo cuando se trata de cambiar la manera en la que hemos venido actuando por muchos años”.

Como actriz, Karla Paola ve en el teatro una oportunidad para cambiar poco a poco, pues brinda la posibilidad de experimentar otras formas de convivencia. No se trata, desde luego, de que todo el mundo tome un taller de teatro, sino de sembrar una semilla que, a través del arte, exponga situaciones incómodas que provoquen, primero, una reflexión y, luego, en el día a día, hagan posible poner en práctica interacciones en las que los micromachismos no estén presentes.

―Parece que las vivencias son meramente individuales ―dice― pero cuando se hablan y se comparten nos damos cuenta de que muchas personas viven algo parecido. Quizás por eso nos gusta pensar que un manual general puede aplicarse a todos los casos y propiciar un cambio de la noche a la mañana. Pero no: aunque hay ciertos cuestionamientos que pueden ser colectivos, nunca va a ser lo mismo experimentarlo personalmente según nuestro propio contexto y nuestra propia historia de vida.

―¿Es por eso que uno de los chicos con quien usted trabajó durante su proyecto de investigación habla de propiciar una deconstrucción amena y tranquila?

―En psicología social se considera que la sociedad se construye a sí misma. ¿Y qué la construye? Pues nuestras acciones. Por eso en el taller proponía, principalmente, repensar nuestras acciones con el objetivo de construir alternativas. Repensar es construir. De muy poco sirve nombrar y nombrar lo que está mal si no hacemos nada al respecto. Es como escarbar un hoyo y no plantar ninguna semilla. Claro, a lo mejor con ese hueco abrimos camino, y está muy bien, pero el aporte más valioso es poner la semillita para que algo bueno pueda crecer ahí.

―¿No imponer las ideas por más nobles que sean?

―Claro. Porque, como decía, hay un rechazo al cambio cuando incomoda. En el taller, cada participante escenificaba situaciones reales basadas en sus propios recuerdos y trabajábamos con eso. Es muy complicado porque trabajar con los recuerdos de una persona es trabajar con la persona. Y no se debe destrozar el recuerdo sino señalar aquella acción o aquella respuesta que estuvo mal. Cada participante tiene que descubrir qué es lo que en determinado momento estuvo mal. Se intenta que sea un proceso amoroso. Porque todo el mundo la riega alguna vez. Y tenemos derecho a ello. Sobre todo en el caso de los micromachismos; porque las ideas y las acciones nos preceden.

―Hay quienes creen que la violencia, a veces, es necesaria…

―En este caso, aunque puede responderse con violencia, también puede resultar contraproducente. Porque estamos hablando de algo que atraviesa al propio ser, a nuestra formación, entonces hay que actuar con amabilidad. Por eso, al final del artículo, retomo el comentario de un participante. Me dio mucho gusto que se abriera a un cambio pidiendo que se lo tratara con respeto. Fue como si me dijera: “Me deshiciste un poco la existencia, pero fue con amor. Por lo tanto, pude volverme a unir de una mejor manera dándome cuenta de lo valioso que es cambiar”.